Más allá de los clásicos balnearios del litoral bonaerense, la costa extiende su oferta con playas amplias y agrestes.

Es sabido que el litoral de playas bonaerenses tiene en Mar del Plata, Villa Gesell, Pinamar, Partido de la Costa, Miramar y Necochea los referentes indiscutibles. Pero a lo largo del frente costero, más allá de esas urbes que ostentan todos los servicios, se sucede una amplia variedad de playas menos promocionadas y —por ello— a salvo de multitudes de veraneantes, que merecen ser descubiertas.


Mar del Sud

El atractivo principal de esta pequeña aldea —17 km al sur de Miramar— es la pesca desde un muelle que se interna en el mar o en la laguna La Ballenera. Suele haber pique abundante de salmón, anchoa, bonito, pejerrey, mero, besugo, corvina y palometa. Mar del Sud debe su existencia y su nombre original al mítico hotel Boulevard Atlantic, inaugurado en 1880 y, a falta de forestación, sepultado por médanos.

Más al sur, Rocas Negras alterna piedras oscuras con ollas pobladas por hipocampos. El mínimo poblado está conformado por casas en tonos pastel, edificadas sobre un acantilado entre médanos y vegetación silvestre.

Costa Bonita

El faro de Quequén se eleva como punto de referencia para alcanzar las casitas de estilo mediterráneo de Bahía de los Vientos, perdida entre los pliegues de la barranca y la playa pedregosa. Los cucuruchos de papas fritas, rabas y cornalitos y la sobrecargada decoración marítima de la Posada de la Bahía obligan a hacer un alto en el derrotero de 15 km desde Necochea a Costa Bonita.

Atrás de un barco encallado, el mar verde esmeralda reluce bajo el sol y el cielo azul. En Costa Bonita, la lengua del mar se retira y descubre cangrejales sobre la restinga. El paisaje, sosegado de un desierto de médanos, se aprecia desde el comedor alemán de la hostería Duna’s. El mirador exhibe imágenes borrosas de Quequén y Necochea, desdibujadas tras una cortina de arena suelta.

Claromecó, Reta y Orense

Cada temporada, huéspedes incondicionales y descubridores convergen en Claromecó, de arenas dilatadas, bosques vírgenes y noches bulliciosas, animadas por los jóvenes en calles y bares. Este destino seguro y familiar también atrae con el faro, amaneceres y atardeceres en el mar y pesca (son un clásico las “24 horas de la corvina negra”). Fuente de intensos perfumes, la Estación Forestal del Vivero Dunícola aporta pinos, eucaliptos y acacias, cuyos aromas se mantienen en el “Paseo del arroyo Claromecó”.

Orense se disfruta con cabalgatas, deportes, pesca, degustación de mariscos y visitas al Mirador del Médano 40, al Centro Cultural Hurtado y a una capilla. Reta —donde pequeñas dunas y arquitectura mediterránea se pierden entre verdes intensos— completa los balnearios de Tres Arroyos.

Monte Hermoso

Si bien brilla con luz propia, la cercanía con Bahía Blanca otorga a Monte Hermoso ciertos emprendimientos de una ciudad, como un muy activo centro comercial y de entretenimientos, hoteles, buenos restaurantes, un casino, cine y pubs. Pero también aquí gobiernan el paisaje desolado y la playa ancha, sin obstáculos en 32 km de extensión. Es el escenario más adecuado para disfrutar de cuatriciclos, jeeps y 4×4. Los torneos de vóley playero, fútbol 5 y tejo comparten la playa, sin tensiones, con clases grupales de aerobic, salsa y recreación para chicos, mientras el viento anima a los windsurfistas.

Pehuen Có

Cuando puso pie en Pehuen Có, Charles Darwin fue deslumbrado por la playa inabarcable. Después, encontró huellas que la prehistoria había dejado a la vista. Siglos después, la curiosidad también atrajo a Florentino Ameghino. Es recurrente aquí el recuerdo de los visitantes célebres. El sugerente paisaje enmarca un circuito paleontológico, al que se llega una vez traspuesta la mancha oscura que surge en la orilla cada vez que baja la marea: los restos del barco inglés La Soberana, encallado en el siglo XIX. La naturaleza a pleno tiene continuidad en el Bosque Encantado (a 5 km de la playa). Relucen una capilla y un molino de viento que homenajea al Quijote. Para ser favorecidos por la pesca, es preciso alejarse 12 km hasta Las Rocas, pródigo en tiburones, bagres, brótolas, burriquetas, corvinas rubias y pejerreyes. Como para que nadie quede afuera de los placeres que ofrecen estos rincones discretos.

Fuente: Clarin.com