Por la Ruta del Barroco y del Oro
Brasil, Sudamerica, Turismo 23 de Febrero, 2007En el estado de Minas Gerais, la ciudad colonial de Ouro Preto y algunas de sus vecinas deslumbran con su arquitectura.
Este es un viaje al Brasil legendario. A una tierra donde bandeirantes (aventureros), garimpeiros (mineros), reyes, artistas y héroes independentistas, a fuerza de codicia y ansia de gloria, le dieron forma bella a su sueño desmedido: levantaron las ciudades coloniales más lujosas de todo el país.
Oro, piedras preciosas y también sangre fueron los tres elementos clave del surgimiento de Ouro Preto, Mariana, Congonhas, Tiradentes y Sao Joao del Rei, poblaciones surgidas a finales del siglo XVII y vertiginosamente construidas en el febril siglo XVIII. Con Ouro Preto a la cabeza, estas ciudades del estado de Minas Gerais hoy integran un circuito que bien puede llamarse la “Ruta del Barroco”.
La fiebre del oro
Todo comenzó con un encuentro accidental. Era el final del siglo XVII cuando el bandeirante mulato Duarte Lopes, buscando esclavos entre los indios cataguases en el pico Itacorumi, de pronto sintió sed. Se acercó a un arroyo para beber agua y vio que en el fondo de su recipiente habían quedado unas pequeñas piedras negras. Eran pepitas de oro cubiertas de óxido de hierro. Oro Negro. Ouro Preto.
Lo que siguió fue el caos. La ciudad de Ouro Preto se convirtió en el nuevo El Dorado: cada día se abría una nueva mina y cientos de bandeirantes llegaban de todo Brasil y de Portugal con la esperanza de hacerse ricos de la noche a la mañana. Los primeros años fueron díficiles. Hubo hambre y violencia. Como todos trabajaban en las minas, nadie quería cultivar la tierra, por lo que muchos garimpeiros murieron de inanición con los bolsillos llenos de oro. Además, los enfrentamientos sangrientos eran moneda corriente, primero entre los paulistas que habían descubierto el oro y los forasteros que llegaban a buscarlo. Más tarde, entre los miembros de La Corona Portugesa —que monopolizó la explotación del oro— y los mineros que se negaban a pagar los abusivos impuestos sobre el metal que recogían.
El oro se iba agotando al mismo tiempo que las ciudades crecían y los pobladores se afianzaban en esta tierra que ya adquiría una identidad propia. El siglo de oro dejó joyas arquitectónicas y obras escultóricas del barroco que contrastan con el paisaje de tierra roja y verdísima mata atlántica que atraviesa el estado de Minas Gerais.
Ouro Preto y sus hermanas
Antes de seguir hablando de sitios y de paisajes hay que hablar de él. Del Miguel Angel brasileño, del prócer del arte, del maestro que esculpió las bellezas barrocas que aún hoy causan admiración en las ciudades coloniales: Antonio Francisco Lisboa (1738-1814), más conocido como “O Aleijadinho” (el lisiadito), a causa de una enfermedad que le atrofió los miembros. El artista brasileño famoso en el mundo entero, aunque nunca salió de Minas Gerais, diseñó la planta de numerosas iglesias y esculpió altares, púlpitos y medallones con un exquisito estilo. Lo mejor de Aleijadinho está en la Iglesia de San Francisco —con vanguardistas paredes curvas levantadas en 1774, en la pujante ciudad de Sao Joao del Rey— y en la Basílica del Senhor Bom Jesus de Matosinhos (de 1790), santo milagrero que convoca a multitudes en el poblado de Congonhas. El Santuario (a 53 km de Ouro Preto) incluye un atrio con 12 espectaculares estatuas de los apóstoles realizadas por Aleijadinho con piedra jabón, típica materia prima de la región; y las Estaciones de la Pasión, siete escenas de la Pasión de Cristo recreadas por el maestro a partir de 64 expresivas figuras en la que se reconocen influencias asiáticas. La obra de Aleijadinho es asombrosa.
No es fácil caminar por Ouro Preto. La ciudad, declarada Patrimonio Cultural de la Humanidad, no tiene un lugar plano ni una calle recta. El centro y los alrededores son calles, callejuelas y pasadizos que suben, bajan y serpentean esquivando iglesias barrocas y palacios dorados levantados en laderas y cimas de colinas.
La vecina Mariana —primera ciudad minera— es el punto de partida para visitar la Mina de Passagen, una antigua mina de oro que se puede recorrer bajando 120 metros en un trolley. Los guías cuentan cómo se trabajaba en esta mina de 1719 (cerró en 1985) de la que se extrajeron 35 toneladas de oro.
La última de las ciudades barrocas es Tiradentes (a 140 km de Ouro Preto). Su casco histórico es el más homogéneo de la región y exhibe detalles deliciosos, como diminutas cruces de papel crepe en las puertas de las casas que señalan que sus ocupantes son católicos. Así es la Ruta del Barroco, una travesía que a cada paso cuenta grandes historias e historias mínimas.
Fuente: Clarin.com
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